jueves, 18 de febrero de 2010

Experimentación

El otro día, después de un buen tiempo, me puse a escribir un nuevo poema. Encontré un ritmo distinto a lo que suelo hacer, y traté de continuarlo.

Esto es lo que quedó

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He paseado esta noche
por la plaza azulada,
en sus horas sin faroles.

(Pisándome el propio corazón
de seguir caminando)

Una basura, una lata
mastico mientras los perros
pasean sueltos.

Respiro desde una vena:
atragantado de piedras sangre,
como desde el suelo
Bajo tierra.

Un árbol blanco sin ramas
ni hojas ni corteza salía
de la tierra como un hueso,
con la misma desnudez
de la nena que meaba en la arena,
con la misma desnudez
de mi torso desnudo.

De la mierda negra negra, hecha tierra,
el aroma un sonido, algo palpable.

Un viento carnívoro y de sudor
mi abrigo, de cenizas mis dedos.
Junto colillas, bolsas de plástico,
tapas de botellas:
animales, troncos, acepten
mi limosna de perdón,
ensénenme a ser como ustedes,
que píe y duerma mi corazón,
que mi misión sea la que es,
que vivan verdes mis pulmones,
impasibles, quietos.

Poema a mi madre

Hoy,
madre,
vamos a hablar.

He venido por razones
elementales y humanas.
He venido, madre, a bautizar mi frente
en la llama de tu amor que me llora.

Hablo de los gritos
que te he escuchado tarde:
hoy he aceptado tu vida,
la amplitud de tu pecho henchido
y empapado en la sangre de mi parto.

No son éstas líneas unas disculpas
por no haberte sabido oír.
(¡Ay, cuanto me falta por recomponer
para poder disculparme...!)
Son, si es que son algo por ahora,
las palabras que no me salen por la boca
cuando conversamos,
la voz, antigua y perdida,
que habita, profundo, en mi interior,
y que hoy quiere hablar contigo.

Tengo para contarte una historia.
Es la de unos dedos que no saben tocar
nada por no haberte tocado a vos;
la de un corazón que de tu vientre
ha tomado las espinas y ahora
viene a tomar las flores y el polen,
para ser corazón en otros corazones;
la de un hijo que es hombre de tu sangre
porque de niño (¡hasta hace tan poco!)
ha tenido el tiempo que te ha robado.
Madre, cuéntame de las oscuras
y largas noches que te he dejado sola,
sujeta al hilo invisible que nos ata
¿se ha tensado, como a punto de quebrarse?
Estoy llegando, desde la noche de las noches,
de madrugada y al amanecer,
llegando a nuestro hogar, que ahora, luego
de tantas y tantas casas no es sino
tus brazos, fuertes de llevarnos,
a mí y a mis hermanos; ya llego a casa,
mamá, a que me escuches abrir la puerta
y nos sentemos a hablar y a esperar
a que vuelvan también los chicos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Oración a quien amo

He erguido en semen la flor de tu ofrenda
diosa sin altar, de tu templo
agoto cíclicamente los cálices
Enséname o permíteme
arranca el canto último
de tu sacrificio.

Que cuando de madrugada
los pájaros, mi fe profana
bañará en luz lo humano de tu cuerpo.
Carne y hueso sobre piedra
rodillas de la sangre
aún en la distancia.

Oh, fe mía, ahora que te conozco
con mis dedos, ahora
que los lentos vientos lentos mueren
sólo en mi tiempo sin tu nombre
(caravana en flores de muerte
esporas como esperma en tierra gris)
ahora que has sangrado mis labios
entre tus piernas,
lleva también este poema:
ánclalo como cruces azules
sobre tus hombros, como
el peso de un cadáver de amor.

viernes, 7 de agosto de 2009

Canción del desierto

Si por donde anduviera
hubiera de hacerlo sin
fin ni descanso, aún
en las tardes del sol
que muere rojo y lento,
si hubiera de hacerlo
digo
al abrigo de mis carnes
mendigando más tiempo al tiempo,
sin otros dedos al final de los míos
y una callada fuente que ruge
sangre sobre mi esqueleto:
hay en mi nervio una flor
sólo vista por ojos que cambian de color;

si anduviera solo al momento de la caída,
para cuando haya de llegar la nada,
los vidrios paridos junto a los pétalos desde el tallo,
resumiendo mi vida en la espera de hoteles de autopista
con las vidrieras vivas de polvo
y el billar fantasma como sus jugadores;

si con mis manos cargara mis huesos
y las huellas sobre la arena fueran surcos
sin nombre ni testigo
Los animales rugen la presencia de lo que no veo:
el espectro de espectros que canta esta canción
de amor y afila niños de madera entre sus dientes,
y para cuando sea yo compañía de su viento
y la nueva voz que muda suma a su lamento
habré de cantar dando de mi pecho las flores
ofreciéndolas a la aguja de los escorpiones,
y armando un ramo de astillas al que aferrarme
cuando el fantasma me lleve y sea suyo mi grito

Si por donde marchara sin fin
por fin el fin encontrara
ofreciendo mi calavera sucia
de arena a un altar sin ídolos
y una última identidad
se me ofreciera:
que me acompañe, sea
donde sea que vaya, sea
aún en la niebla y agua podrida
de mi nueva forma, que me acompañe,
sea aún en eso, el rostro
por el que di batalla
y al que canto mi derrota.

lunes, 27 de julio de 2009

Había algo en esa época del año que le deprimía profundamente; cielos encapotados y viento cortante, la caída de las hojas, el anochecer, oscurecía muy temprano, la noche llegaba antes de que te dieras cuenta. Es el terror. Es la desnudez del alma. Oye el susurro de las palomas. Aquí llega el invierno hasta la médula. Nosotros lo hemos liberado sobre la tierra. Seguramente existe una canción o un poema, alguna magia popular a la que podemos apelar para aliviar este miedo. El hombre de las nieves. Está aquí, en el paisaje y en el cielo. Lo hemos dejado suelto. Abrimos el terreno y aquí está.

DON DELILLO, Libra

jueves, 14 de mayo de 2009

Sepultura y oración

En las horas del acostumbramiento al dolor
de la imagen lágrimas de escombros escupen mis dedos

En el patio, al cuidado del viento
hablo con mi amor que muere en un centro
de atención al cliente
y caigo, muerto por el rayo,
a un páramo de cristales,
a coronar con corona de raíces
un esqueleto cuyos huecos viven las ratas.

(Fluye un río de piedras
Sentado a su vera, aferrado
a los gajos de un cuerpo
con nombre en el pasado,
yuyos azules y maleza roja en derredor
Ahora vivida la amarga pesadilla)

Anillos en mi entrada al mundo,
en mi desvanecer ante el espejo
La cucaracha caminando tu beso
en los huesos de mi cuello.

Fui la vida en el interior de tu forma
minúscula constelación
de estrellas de fuego, y hoy soy
camino y amuletos (libros
y ramas silvestres, la promesa),
la ceniza que embadurna
los picos rotos de las botellas.

Y habré de ir donde me reciban
de tus dedos las yemas sangrantes
el ardor astillado de tus rodillas
luz de nacimiento y muerte en tu vientre
para el barro helado de mis manos.
Sea tu cuerpo cuerpo sobre el mío
y entonces...

lunes, 22 de diciembre de 2008

Irme

Si vuelve el instante del amor con la conciencia del instante,
si el odio sólo es forma cuando se acumula,
si el poema es poema yo prometo:

A ustedes, hijos de puta, el nombre del crimen
que delatan sus cara: exiliar al amor,
hacerlo sobrevivir, roto, en portales y esquinas,
aterido de frío, a salvo sin embargo
en baches cuevas cabello y agua.

No callar me llena de sangre:
recuerdo la nada o unos setos amarillos
desde la ventana de un automóvil
y ya no es allí donde querría quedarme;
no, no cuando de luz ya salvé un instante:
fuerza inmóvil, talismán
en la acumulación de las sombras.

Junto a mi desnudez empuño
armas que ignoro, a pesar
de que mi enemigo tenga nombre
y me guíen manos ciegas ajenas
al lugar donde estoy
(Desde el miedo me dirijo
a la boca que forma mi hogar):
Mundo, terreno de los hombres,
ya no te habito en refugios
atravieso tus trampas
proclamando mi confusión
para no confundirme entre tanta gente
y teniendo como bandera
la porción de vida que de unos pocos
no debiste llevarte.

Sea.