lunes 18 de diciembre de 2006

Un hecho extraordinario

Cuando Carlos se ve en el espejo, después de levantarse, no se reconoce. Esto pasa todo los días pero ya está acostumbrado. Si en el camino al trabajo, se mira en un espejo, le cuesta reconocerse con la cara que se vio en su propio espejo unas horas antes. Toda esta situación se debe que a Carlos no reconoce las caras, Carlos olvida las caras, ninguna cara le recuerda a otra, toda cara es nueva, si en veinte minutos ve la misma cara que ve ahora, no se va a acordar que la había visto hace veinte minutos, por eso, Carlos se figura que todo el mundo lleva una máscara blanca con dos agujeros en la nariz para poder respirar, entre ver millones de caras cada día o entre ver siempre las mismas, prefiere la segunda opción.

Carlos está afeitándose porque su nueva cara con barba no le gusta, sabe que no va a reconocerse, pero prefiere que los demás lo vean afeitado y pulcro. Cuando termina de afeitarse se da un pequeño golpe en la cara con la palma de la mano a modo de felicitación. Nueva cara, eh. Y se ríe, se pone algo de perfume, agarra el maletín y empieza a caminar.

En la parada del colectivo, una persona, obviamente ataviada con la máscara blanca, lo saluda. Buenos días, dice Carlos firmemente. La máscara le pregunta si vio el partido y Carlos dice que sí. Aunque no reconozca su cara, sí que conoce bien sus aficiones y todos los asuntos sobre su vida que no conciernen su propia imagen o la de sus familiares. Pasa el colectivo al que se tiene que subir la máscara y antes de que se suba, Carlos agarra a la máscara por el hombro y le dice: Bueno, nos vemos, suerte che.

Después de bajarse del colectivo sigue caminando hasta el trabajo, se cruza con algunas máscaras que lo saludan sin detenerse y responde al saludo con voz trinante, sonriendo y mostrándose intensamente vivo. A la máscara del kiosco de revistas le pide el periódico deportivo y a la máscara que lo atiende cuando se sienta en un bar para desayunar le pide un café sólo, sin azúcar ni leche, y una medialuna de grasa. Abre el diario y ve la nota del partido de su equipo, todos los jugadores usan la máscara blanca, el árbitro también, Carlos los distingue por el nombre al dorso de la camiseta o por el número.

Por fin entra a la oficina, saludando a todas las máscaras hasta sentarse en su escritorio. Empieza a revisar papeles y una máscara lo saluda y comienzan a hablar desinteresadamente. Siempre pasa lo mismo, y Carlos tiene la sensación de que esa máscara gusta de él, cosa que lo angustia, no sólo porque es una máscara, en realidad no porque sea una máscara, la máscara la inventó Carlos, él decide ver la máscara antes que los rostros cambiantes, sino porque le angustia más ver como la mujer que gusta de él un día aparece rubia con el pelo largo, la nariz no muy grande y los ojos azules, y como al día siguiente es pelirroja, con el pelo hasta el cuello, algunas pecas y los ojos oscuros.

Pero ahora es cuando sucede algo extraordinario, Carlos, como siempre, se vuelve en subte. Bien, está entrando a la boca del subte y comienza a bajar las escaleras. Ve a una mujer que empieza a subirlas, primero los zapatos negros, normales, las medias transparentes, la pollera algo corta pero igualmente discreta, la blusa, el corpiño que se transparenta a través de la blusa, las tetas, el cuello de la blusa, el cuello con una pequeña arruga a un costado, pero ahora ya no tiene que quitar la máscara para poder ver la cara de la mujer, la mujer tiene un rostro definido y Carlos se queda petrificado al ver la forma de la cara algo ovalada, los labios rosados, la nariz apenas ancha y los ojos que no le puede ver, ya que la mujer está revisando algo en su bolso y sigue caminando hacia arriba mientras Carlos está quieto y gente a sus costados baja, y gente a sus costados sube, y gente detrás suyo intenta empujarlo. La mujer está por pisar el último escalón cuando Carlos se da vuelta y decide gritarle algo, no sabe que le dice, pero la mujer se da vuelta y Carlos ve los ojos marrones de la mujer. Y lo que ve la mujer es una máscara, entre todo el mar de máscaras, que, a la vez que grita un grito indescifrable, estira una mano hacia donde está ella.




© 2006, Carlos Horacio Armagnague