lunes 18 de diciembre de 2006

Las voces en los papeles

No poseemos más conciencia que la literatura…la literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo

JOHN CHEEVER

Carpeta roja. “Carlos Javier Armantia”. Proyecto: “Las voces en las rejas. Relatos desde la cárcel.”. Documento primero.

Adrián Suárez, ‘El Negro’

Te lo juro vieja

Mi vieja estaba más jodida que yo. De la salud. Si no tuviese estos ojos y esta sonrisa, me parecería a un peruano. Los indios vivían en las villas, o desde que nacemos nos quema el sol para ser así de negros.

Yo le dije a mi vieja que la heroína era para los que tienen plata. Me cruzó la cara de un bife.

- Vos te drogás y yo me drogo.

Ella podía pegarme de vez en cuando. Yo me dejaba por todas las veces que le hice algo malo.

Yo fumaba marihuana, pero mi vieja empezó a pincharse. Se podía conseguir de todo, pero las drogas que vendían ahí no eran muy buenas. A mi mamá le gustaba pincharse porque la relajaba.

La primera vez le dolió. Se metió mal la aguja y yo tuve que llamar a Chiquito, un pibe que tenía la casucha cerca de la nuestra y sabía como darse.

- Tenés que atarte el brazo- le dijo Chiquito. Yo no quería ver, pero quería aprender por si tenía que ayudar a mi vieja a meterse otra vez.

No había ningún cinturón y tampoco corbatas. La ató con una tira de tela que usábamos a veces de trapo.

- Yo acá no vuelvo, eh- me dijo Chiquito cuando estuvimos solos.

Fui a la cocina a ver a mamá. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa. Mi vieja ya no trabajaba, pero no me animaba a preguntarle de que tenía que relajarse. Los años cuando trabajaba seguían cansándola.

Yo me levantaba todos los días a las seis y me iba en bici a laburar. A veces la gente se sorprende, pero el que lo hace está acostumbrado. A mi me daba lo mismo si hacía calor o si hacía frío.

Trabajaba con las manos. Tenía dos trabajos. Uno todos los días y otros los fines de semana. En el de todos los días trabajaba con un tipo que arreglaba casas. Yo era como su ayudante. El tipo se llamaba Roberto. Siempre teníamos trabajo. Si le pedían arreglar una fuga de agua, lo hacía. Pero a veces pedían cosas más difíciles. Hacer una pieza nueva. Una vez había una cocina que querían hacerla una pieza, para uno de los hijos. Tardamos una semana en hacer eso. Había que sacar toda la instalación que había. Sacamos la pileta, la cocina, todo. Cambiamos el suelo y las paredes.

A veces había más gente. Roberto, yo y otro más. Pero casi nunca.

Roberto era un buen tipo. Se llevaba bien con la gente que le daba trabajo. A veces pedían cosas caras, que nos iban a venir bien. Pero para eso se necesitaba un permiso y estudios. Roberto podía hacerlo mejor, pero el país no le dejaba.

El otro trabajo también era a la mañana. Llevaba cajas, un montón de horas. Un montón de cajas. Cajones de madera o cajas normales. Era en una empresa. Yo trabajaba en la parte de atrás. Sacaba las cajas de los camiones y metía otras. Desde la mañana hasta la tarde.

Tenía dos pares de guantes. Uno con los dedos cortados para trabajar con Roberto. Y unos sanos y un poco gastados para trabajar con las cajas.

Después volvía a mi casa. En bici. Yo soy de los que piensan que así uno no puede mejorar. Pero creo que otros pueden mejorar. Yo tuve mala suerte y soy de los pobres que se quedan pobres. Me gustaba la bici más que otra cosa. Con la bici usaba mucho las piernas. A veces me iba por un lado más largo y pasaba pedaleando muy rápido por una plaza. Eso es lo que más extraño.

Alguna cosas de mi mamá eran más fuertes que la droga. Siempre hacía de comer. Después se encerraba con la aguja. En mi casa yo me quedaba con Dieguito, mi hermano y le contaba lo rápido que había pedaleado. Después lo mandaba a acostar y yo salía.

No había muchas luces por ahí. Cuando me juntaba con los chicos, la luna era la luz. La villa estaba un poquito más arriba que el centro de la ciudad. Nos sentábamos y fumábamos marihuana. Yo salía en pantalón corto y ojotas. A veces aparecía Chiquito con cocaína, pero yo le decía que no. Era lindo estar afuera, fumando y mirando la ciudad.

A veces venía la policía, a la noche. Nos jodían a nosotros, les asustaba ir más al fondo. Y se llevaban gente muchas veces. Ahí adentro no se sabe quien es un buchón y quien tiene huevos.

También estaba con una chica. La Flaca. Era huesuda. Con el pelo negro. Cuando Dieguito dormía, hacíamos el amor en mi casa.

Mi mamá empezó a equivocarse. Yo dije que la heroína era para los que tienen plata. Pero ella usaba la misma aguja y la misma jeringa. Yo la quiero, pero ese día se equivocó.

La Flaca estaba de visita, Dieguito hacía la tarea y sacó algo de la mochila.

- Mamá me mandó al fondo a comprarle esto.

Era una bolsita con polvo blanco.

- Dieguito- le dije- mamá no te va a poder cuidar más. Vamos a vivir con la tía.

Dieguito se quedó callado. No lloró. Sabía que la vieja ya no estaba para nosotros.

Le pedí a la Flaca que saliese con Dieguito a pasear. Entré a la habitación de mamá. Estaba oscuro.

- Dieguito, ¿me trajiste eso?

Nunca pensé que pasaría eso. Le pegué, sí, y quise pegarle. No sabía que estuviese muy débil. No quise llevarla al hospital. Y se murió ahí. Pero yo creo que se murió de pena.

Dos días después ya se iba diciendo por ahí que me iban a llevar a mí. Había matado sin querer a mi mamá pero no es eso lo que iban a decir. Dijeron que me estaba peleando por la droga. Y que yo había mandado a Dieguito a comprar.

La noche en que vinieron me preparé. A la tarde le hice el amor a la Flaca. Y a la noche hice que saliesen conmigo, ella y Dieguito.

Me senté en una silla y vi a mi hermano menor jugar al fútbol. Con una pelota roja y negra de goma. Tenía los pies descalzos. Jugué con el y me metió un gol. Le di un beso y después me senté de nuevo. La Flaca sabía lo que tenía que hacer. Yo nada más veía las sombras. Dieguito estaba haciendo jueguitos y la Flaca lo abrazó por los hombros. Y los dos juntos se fueron a lo de mi tía.

Y yo esperé a la policía.

Yo, Carlos Javier Armantia, desde que decidí ser escritor la primera cosa que tuve clara fue que jamás asistiría a taller de escritura alguno. En realidad, esa fue la segunda medida que me impuse. La primera era la de no comentar con nadie mi pasión por la escritura, y evitar todo comentario posible respecto a mi obra en proceso.

Detracto la idea que dice que las ideas personales influyen en la obra de uno, pero creo que la faceta de escritor puede alterar a la faceta personal. A mi me ocurrió. Estoy seguro cierta humildad que creía tener poco a poco fue siendo remplazada por una soberbia que si bien no expongo, no me molesta sacar a relucir. No deseaba que nadie cercano analizase mi obra (las opiniones del lector anónimo jamás me preocuparon), pero aprovechaba cada posibilidad que tenía para hablar con alguien respecto a lo que ese alguien había escrito. Evitaba hablar emitiendo juicio personal alguno; trataba de cuestionar, felicitar o criticar al otro desde un punto de vista artístico general, en el que la experiencia no sólo no existiese sino que no fuese importante e incluso indeseable.

Pero el tiempo hizo que mi silencio dejase de existir. Yo sabía que no iba a poder pasar toda mi vida sin hablar de lo que escribo, pero quería los demás conozcan mi faceta de escritor mediante alguna obra mía que les llegase mediante un tercero o de una forma en la que yo no interviniese. Por lo menos logré evitar todo taller de escritura y huí de cualquier posibilidad de escribir rodeado de otras personas.

El amor de mis vidas; de mi vida real de persona y escritor; de mis vidas irreales (algunas asesinadas por medio de relatos) de tenista, concertista de piano y/o director de cine; se llama Ana. Tiene tres años más que yo y, entre otras cosas, lee mucho más que yo. Ejerce como maestra en cinco cursos diferentes del Instituto Mayor Nº 1 de la ciudad. No tenemos hijos.

El último fin de semana yo había vuelto de un paseo. Era un sábado y al despertarme decidí salir a caminar para acomodar algunas ideas que tenía en la cabeza. La luz que entraba del exterior me permitía una visión total pero difusa del perfil de Ana, dormida de cara a la pared. Le dediqué mi primer relato publicado, mucho antes de enamorarme de ella. Miento, ya estaba enamorado de lo que creía de ella desde hacía mucho, pero su personalidad terminó superando cualquier idealización. Antes de irme la toqué y emitió un ronroneo que me hizo pensar que quería hacer el amor de nuevo como hacía unas horas, cuando era de noche y no habíamos dormido en todo el día. Dormite, mi amor, me dijo con voz dormida cuando la acaricié por segunda vez. Voy a salir a caminar.

Ese sábado caminar por la mañana fue tan raro como era para mí caminar un sábado a la mañana cuando tenía 18 años. La maquinaria de mi cuerpo tuvo que amoldarse a los olores del rocío de la noche sobre la tierra y las calles, a las primeras noticias del día y al sabor que me había dejado el café que había tomado en casa, antes de acomodarse y disponerse a recibir la suave brisa del día mezclada con la cantidad de voces y pasos que se sucedían a lo largo de todas las calles.

Las cuestiones que ocupaban mi mente no esperaban solución inmediata sólo porque yo saliese a la calle, pero mi intención era la de dejarme influir por lo que sea que ocurriese para ver si podía servirme, o no, para algo.

Creo que de las dos horas que estuve paseando, cuarenta minutos los pasé dentro de una librería. Era un lugar grande y además de todas las paredes llenas de estantes, había varias mesas y muebles de tipo piramidal que contenían libros. Fue hojeando una nueva edición “St. Joan” de Shaw (libro favorito de Ana, y que, obviamente, compré), cuando un chico en edad estudiantil, probablemente universitario, chocó conmigo. ¿Usted es Armantia? ¿Javier Armantia? Sí, soy yo. ¿No me lo firma? Y me entregó un ejemplar de un libro mío titulado “Relatos reunidos”, volumen en el que se agrupan una serie de relatos que había publicado en una revista durante el año anterior. No tuve inconveniente en firmar y después lo perdí de vista. Por razones como la de ver mi foto en la solapa de mis libros, me conocen los vendedores –los dueños- de la librería. Me pidieron si para mi próximo libro podían organizar una sesión de firmas. Les dije que no había problema. Ya lo había hecho con ellos, con una novela corta que publiqué. No fue un éxito pero sí fueron más personas de lo que pensaba que iban a ir.

Cuando salí de la librería, apareció el chico de nuevo. Me llamo Martín. Encantado. ¿Le puedo preguntar qué está escribiendo actualmente? Empecé un relato en el que un lector se encuentra con un autor y le pide que le firme un ejemplar. Bueno, me contestó sonriendo, adiós, espero volver a verlo.

Al llegar a casa eran las 12:45 más o menos. Ana desayunaba. Tostadas con mermelada de naranja, había algunas para mí.

- ¿Sabés qué?- le dije a mi mujer- Un chico, recién me pidió que le dedicase un libro. Se llamaba Martín.

- ¿Martín qué? ¿No te dijo el apellido?- Ana trató de imaginarse a Martín, dejó de masticar la tostada y se llevó la mano a la cara- Porque tal vez sea alumno mío.

- Creo que va a la universidad.

El resto del día pasó de manera normal. Yo trabajé en unos relatos y ella se encargó de corregir una cantidad inmensa de evaluaciones. Cuando estábamos semidesnudos y semidormidos, Ana me lo propuso:

- Estuve pensando en lo que me dijiste. Pero en lo último, lo que me dijiste del chico ese. ¿No te gustaría dirigir un taller de literatura en el colegio?

En ese momento, no supe contestarle. La idea no me había generado nada, y me vi a mi mismo acostado junto a mi mujer, una imagen tan poco interesante como la propuesta que me había hecho. Terminé aceptando; a ella iba a gustarle y, luego de pensarlo un poco, algo en mí no pude resistirse.

Mariano Gris cursa el último año de estudios preuniversitarios. En seis meses cumplirá 18 años y en cuatro ya estará cursando economía en la universidad. Su madre se llama Cora, su novia Gabriela y su padre está en la cárcel y se llama Guillermo.

Es aficionado a dormir entre sobre los pechos de su novia, a los libros de Scott Fitzgerald y a las fotografías en blanco y negro que retratan partes de su propia vida. Él y Gabriela acostados en el pasto. Él leyendo a Fitzgerald en un viaje en micro. Sus padres posando delante de una cascada.

Mariano Gris participó en el taller de escritura que el escritor Javier Armantia dio, a lo largo de dos semanas, en el instituto.

- Yo iría también- le dijo su novia- pero tengo que aprovechar las tardes para estudiar.

En cierto modo Mariano agradeció ese problema que se le presentó a Gabriela que decidió optar por el estudio. Si bien Mariano escribía en ciertas ocasiones, y la primera en leer todo era Gabriela, no le agradaba la idea de que ella lo estuviese viendo mientras redactaba algo. Sólo escribe con ella cerca después de hacer el amor. Se sienta desnudo en la computadora e intenta escribir algún relato corto mientras gira constantemente la cabeza para ver a su novia sonriente y con el pelo revuelto.

La primera tarde del taller, su madre lo vio comer apurado:

- ¿Qué te pasa?

- Sino me subo al bondi que pasa ahora en 10 minutos, no llego al cole.

Acostumbrado a dormir la siesta, estaba algo cansado cuando empezó a atravesar el patio del colegio en dirección al aula donde se dictaría el taller.

Ana fue mi salvación en el momento en que atravesé mi primera y verdadera crisis creativa. Primera porque fue anterior a todas las otras. Verdadera porque fue la más fuerte y la más pura. Yo trataba de finalizar mi primera novela. A lo largo de los años también tuve dudas respecto a mi posición dentro de la literatura y otras crisis creativas, pero las curaba acordándome de cómo había superado la primera. Porque yo no había vivido nada parecido antes, había redactado relatos, pero esa era mi primera novela. Mi vida se hubiera evaporado si fallaba en lo que más quería. No sabía si podía escribir.

Era de noche y yo estaba borrachísimo. Había pasado las horas pidiendo whiskys con coca-cola en muchos bares. Entre la ropa tenía las páginas del capítulo que estaba redactando. Las había impreso porque cuando tengo que hacer muchas correcciones prefiero hacerlas a mano sobre el papel escrito.

Caminé varias cuadras bajo la luz de los faroles que entorpecían mi visión y aumentaban el color oscuro de la mancha de whisky en mi camisa. Llegué a su casa, que ya conocía de antes. Y a ella también, aunque muy poco. Yo ya había escrito algunos relatos que fueron publicados en revistas que circulaban por la ciudad.

Toqué el timbre y abrió como un minuto después.

- Dios- dijo, me reconoció inmediatamente- ¿qué te pasó?

- ¡Tengo escritas 120 páginas de pura mierda!- grité, tiré el capítulo de mi novela al aire dando una vuelta, perdí el equilibrio y terminé en el suelo.

Me di cuenta que era una especie de living. Sólo iluminaba la luz de una lámpara enfocada al sillón que estaba cerca de donde caí. Sobre el sillón había una pila de exámenes que Ana estaba corrigiendo.

Ana empezó a agarrar del suelo todas las hojas que yo había tirado al aire. Después me vio y se me acercó. Sentí su mano en mi cara y me aferré fuertemente a su brazo. Quise hablarle pero me interrumpió:

- Ahora no digas nada. Quedate sentado sin moverte.

Salió de esa habitación y encendió más luces de la casa. Yo estaba sentado en el sillón, con la cabeza entre las manos y ganas de llorar. La habitación daba vueltas y las partes de mi cuerpo estaban inmóviles, excepto una especie de latido total que me hacía temblar y transpirar.

Ana volvió:

- Si podés caminar, seguime.

Si bien me costó pararme, una vez de pie pude mantener el paso firme y seguirla. Me llevó a la habitación más curiosa de toda la casa. La anterior dueña de la casa era peluquera, y en esa habitación había hecho instalar una de esas piletas para mojarle la cabeza al cliente antes de cortarle el pelo. Y contra otra pared había un espejo enorme. Cuando Ana compró la casa el espejo enorme había sido remplazado por uno más chico, y de las 8 piletas, sólo quedaba una.

Hizo que me sentase para que me pudiese mojar el pelo en esa pileta. Tuve que doblar todo el cuello, sentía el alcohol por mi garganta y tuve ganas de vomitar.

- Voy a vomitar.

- No pienses en nada. Relajate.- mientras me lo dijo empecé a sentir el chorro de agua caliente por mi pelo.

Sentí los dedos largos y huesudos de Ana desenredar todos los infiernos de mi cabellera. El color del interior de mis párpados era un rojo cobrizo que me hacía abrir los ojos de vez en cuando para sentir como mis pupilas dilatadas (Ana me había sacado los anteojos) no lograban descifrar el color del techo. Recuerdo que tenía la boca entreabierta y respiraba de manera jadeante, como si no pudiese respirar bien ni por la nariz ni por la boca y tuviese que respirar por los dos órganos a la vez para completar una inhalación y una exhalación. Pensaba que el cuello se me iba a partir.

- ¿Sos peluquera?- le dije. Tragué saliva y me pareció que estaba tragando una piedra.

- Hice un curso cuando era más joven- tuve ganas de verle la cara, pero no podía dejar los ojos abiertos más de medio segundo. Sentí que el agua corría más suavemente y Ana me humedeció la frente y los costados de la cara.- ¿Querés que te corte el pelo?

- Haceme cualquier cosa que me haga estar algo mejor.

- Bueno, pero sacate el pullover y la camisa.- Lo hice aunque no entendí muy bien para que tenía que hacerlo. Estaba demasiado inconsciente como para que me molestase el roce helado de la silla en los brazos y el cuerpo desnudo.- Qué flaco que estás.- Yo pesaba cinco kilos menos de lo que tenía que pesar, siempre que me tocaba el cuerpo, ponía mis dedos entre las separaciones de las costillas.

Cerró el paso del agua y me puso algún producto en el pelo, creo que era para alisarlo antes del corte. Empezó a formar espuma y sentí el olor a manzana que generaba. Tuve la imagen de una manzana verde en la cabeza. El agua volvió a correr, eliminando la capa blanca espumosa que se había formado sobre mi cabeza.

El sonido de los tijeretazos era agudo y tenía el ritmo del sonido de un insecto volador; inconstante pero dentro de unos parámetros perfectamente establecidos. La tijera estaba fría y en ocasiones se me apoyaba detrás de la oreja. Tenía los ojos cerrados, no me importaba que corte me estuviera haciendo. Prefería quedarme quieto y sentir sus manos refrescantes que me aliviaban. Aprisionaba sectores de mi cabello entre sus dedos índice y anular para cortar lo que sobraba. Pensé en sus manos como algo hermoso pero no atractivo a primera vista, como una piedra que alegra el tacto pero que al fin y al cabo es una piedra. Terminó y me sacó la toalla que me cubría el pecho. Después barrió el suelo y amontonó en un rincón todo lo que la escoba había juntado. Me sentí inmensamente inútil.

- Mirá Ana- dije y me apoyé la mano en la cara, tratando de evitar su mirada- quería pedirte...- me interrumpió:

- ¿Sabés qué? Vas a tener que vomitar todo lo que tomaste.

Eso lo sabía hacer yo solo. Prendió la luz del baño y se quedó contra la puerta. Yo me agaché frente al inodoro y traté de vomitar por las buenas. Sensaciones de vació en el estómago y en la garganta, pero no salía nada. Tuve que meterme dos veces los dedos hasta el esófago para empezar a vomitar. Puro líquido, de un color rojizo, como sangre apagada mezclada con un color rosa que mi entorpecida visión interpretaba como mal iluminado. Tiré la cadena y me quedé apoyado en el inodoro.

Estaba tirado en el suelo y ni siquiera era capaz de levantarme para mirarme. Escuché el chasquido de un encendedor Zippo al abrirse y traté de escuchar como Ana encendía su cigarrillo pero no pude agudizar lo suficiente el oído. Después escuché al Zippo cerrarse. Después Ana entró y pude verla bien por primera vez en la noche. Sonrió con gracia moviendo la cabeza y se llevó el cigarrillo a la boca. Estaba hermosa y, por lo menos, me había salvado el cuerpo.

- Ana- dije en un tono de voz algo elevado-, si te digo que mi vida es escribir, ¿me creerías?

Evadió la pregunta repitiendo el mismo gesto que antes. La sonrisa, el movimiento de cabeza y la calada al cigarrillo. Yo había hecho la pregunta equivocada.

- Ana, ¿puedo pedirte un favor? Leé eso que traje. Cuando quieras. Y decime que te parece.

- Date una ducha. Voy a ver si tengo algo para que te pongas cuando salgas.

Cerró la puerta. Me paré y me vi en el espejo. Un corte normal, agradable. Todavía olía a manzana verde y tuve ganas de arrancarme un mechón y comérmelo. Las paredes blancas parecían estar recubiertas de nicotina.

Me duché y sentí que mi cuerpo se libraba de una capa de callos que lo habían recubierto. Mi piel volvía a tener sensibilidad. La pared helada contra mi hombro derecho. Me costaba mantenerme en pie y tuve que apoyar mi mano derecha contra la pared que tenía enfrente. Sobre el azulejo quedaba la marca impoluta de mi mano rodeada de gotas de vapor.

Cuando salí de la ducha vi sobre el inodoro una remera blanca unisex y mi pullover. Me sequé y sequé el suelo. Me puse la remera, el pullover y el pantalón que tenía de antes. Salí descalzo y sin ropa interior.

Fuera del baño me sentí perdido hasta que las luces me guiaron hacia la cocina, pegada a living chiquito donde Ana estaba leyendo de nuevo los exámenes.

- ¿Dónde dejé mis zapatos? No quiero molestarte más.

- Empezó a llover y todavía estás borracho. Tengo dos colchones. Menos en mi habitación, podés dormir donde quieras.

Me alivió su respuesta, no pensé en la segunda parte, sólo en quedarme ahí, en esa casa purificadora. Vi una pila de libros sobre una mesa pero no quise pensar en nada que tuviese que ver con la literatura. Fui a buscar el colchón. Estaba contra una pared de su habitación, que era lo suficientemente grande como para que un colchón sobre la pared no desencajase con la decoración del cuarto. La cama estaba blanquísima y las sábanas tendidas al máximo. Antes de sacar el colchón de la habitación me fije donde podía ponerlo. La habitación que había funcionado como peluquería me gustó. Lo tiré ahí y el montón de pelos que había en el rincón salieron volando. Volví a barrerlos.

Ana juntó los exámenes, los golpeó contra sus muslos para enderezarlos y los metió adentro de un cajón:

- Bueno, ¿te emborrachás así muy seguido?

- No, pero, pff, no sé que pasó.

- ¿Para qué querés que lea esto?- agarró el capítulo de mi novela. La pregunta me pareció desafiante, pero el tono de su voz era como de sorpresa con algo de desconfianza.

- Me emborraché por eso.- Señalé el manojo de papeles- Decime si hay algo rescatable o si tengo que quemar todo el capítulo.

Se rió y agarró el capítulo. Las páginas estaban desordenadas y me las dio para que las ordenase. Tardé cinco minutos en darme cuenta de cómo tenía que ponerlas.

Nos fuimos a dormir. Cada uno por su lado. En la cama pensé en que quería decirle cosas a Ana, sobre mi literatura, pero estaba borracho, cansado y a punto de dormirme.

- Ana- toqué la puerta de su habitación y aunque no me contestó la abrí ligeramente. Estaba a oscuras y el ángulo abierto era para que me escuchase bien-, si te digo que mi vida es escribir, ¿me creerías?

Lo que Mariano Gris no sabía era que Armantia también dictaba, paralelamente al taller literario en el instituto, un taller literario en la cárcel de la ciudad. Y mucho menos sabía que uno de los participantes era Guillermo Gris, su padre.

- La literatura está entre nosotros.- le dijo Armantia a los ocho presos sentados alrededor de una mesa llena de atados de cigarrillos que el mismo escritor había comprado para todos ellos- No es algo sagrado ni distante. Si van a escribir, escriban de lo que quieran y como quieran. No les puedo enseñar a escribir, pero les puedo decir que todo está permitido.

Mariano Gris, lector oportuno de Armantia, escribió mientras duró el taller dos cuentos y un poema.

- Me gustaría que lea algunas cosas mías que escribí antes.- le dijo el último día.

- ¿Mi mujer te da clases, no? Hacémelas llegar por ella.- Armantia evitó los ojos de Mariano, tragó saliva y se despidió dándole una palmada en el hombro sin decir nada.

Era un viernes y Mariano Gris pasaba la noche con Gabriela. Cora tenía que trabajar toda la noche en el hospital cuidando de un paciente.

La ventana de la habitación de Mariano estaba abierta y a través de ella entraba la luna, las estrellas y algunos haces de luz de las casas vecinas. Mariano escuchaba el susurro de un arroyo que no podía saber de donde venía. Gabriela se cubría con las sábanas de la cintura para abajo. Ella frotó la piedra del encendedor y Mariano pudo ver sus ojos grises:

- No quiero que me llenes de humo la pieza.

- Sólo uno.

Mariano inspeccionó su armario y encontró la botella de Martini casi llena. No es que tomase a escondidas de su madre, pero le gustaba tener un poco para cuando estaba con su novia. Llevó la botella a la cocina donde tampoco necesitó encender ninguna luz ya que una puerta acristalada que daba al jardín permitía el paso de la iluminación nocturna. Le gustó el aspecto del pasto y salió desnudo al jardín a escuchar los grillos. Agarró una piedra y la tiró a la pileta y escuchó el sonido sordo y hueco del agua. Le pareció oír el croar de una rana. De nuevo en la cocina se puso delante dos vasos de vidrio largos que llenó con Martini y gaseosa de limón.

Gabriela derramó un poco de la mezcla sobre la cama. A Mariano no le importó y apoyó los brazos sobre el alfeizar de la ventana. Dirigió la vista hacia la izquierda y sólo vio setos, autos estacionados y postes de electricidad. A la derecha había un descampado y fábricas de las que sólo quedan carteles oxidados.

En el camino de vuelta a la cama, vio que a un costado se amontonaban dos colillas de cigarrillos y que la alfombra tenía una quemadura perfectamente redonda como un anillo.

- Es un buen escritor, ese Armantia. No es Fitzgerald pero es bueno.- Mariano miraba el techo. Gabriela giró su cabeza hacía él y comenzó a acariciarle el pecho.

- ¿Y vos?- le preguntó- ¿Vos querés ser escritor?

- No. Voy a ser economista. Pero me gusta escribir.

Metió los cigarrillos consumidos adentro de uno de los vasos. Los llevó a la cocina, tiró las colillas por la pared del patio y lavó los vasos. Se llevó la botella a su habitación, la guardó donde estaba antes y fue al baño a lavarse las manos y los dientes.

- Mi mamá llega a la tarde. Quedate a dormir.

No sólo existen los buenos momentos y los momentos de crisis. Hay momentos algo críticos que no suponen un sufrimiento insoportable pero que son mucho más duraderos. No es una crisis propiamente dicha pero puede definirse como un estado de crisis. Durante mi crisis aguda estuve mal y lo reconocí y esa crisis me llevó a arrollar con la mayoría de cosas de mi vida. El estado de crisis es soportable pero se entiende como algo natural, un comportamiento natural en el que las cosas se ven profundamente afectadas al más leve cambio. Un estado de crisis es el que vivió Ana el primer año y medio de nuestra relación. Y me temo que a veces sigue sufriéndolo.

Durante ese tiempo yo me mantenía enfrascado en una habitación que construimos en el patio. Me alejaba de la casa y escribía ahí. Era como una biblioteca, había un escritorio de madera oscura y muchísimos libros. Dos años y medio después destruimos esa habitación. Como lo conflictivo siempre estuvo más allá de mis ojos, no podía ver ni encontrar las razones del malestar de Ana.

Me pasaba en esa oficina, nunca supe con que nombre definir esa habitación, la mayoría de horas del día. A veces escuchaba como Ana me llamaba porque ya estaba lista la cena, pero yo iba al comedor dos horas después y encontraba el mantel con mi plato de comida encima. Después de comer iba a la habitación, sentía obligación de tocar la puerta, y entonces, Ana salía, semidesnuda e iba al baño, donde terminaba de llorar. Yo me desnudaba y cambiaba mi almohada por la de Ana, llena de lágrimas.

Una noche sonó el teléfono, estaba en el living, y Ana fue a atender. Se habían equivocado de número. Cuando volvió a la habitación prendió las luces y me gritó mientras se mordía el labio inferior para aguantar el llanto:

- ¡Nunca pensé que me había casado con un parásito! Tengo que ir a dar clases al colegio todos los días a las 8 de la mañana mientras vos te quedás acá escribiendo tus cuentos. ¡Me chupás la sangre!, ¿no te das cuenta?

Me quedé callado, con los labios firmes y los brazos a los costados. Se sentó de espaldas a mí y siguió llorando:

- ¡Por lo menos pegame!- su voz era desaforada y las últimas sílabas de las palabras se perdían en un susurro grave y sonoro. Me agarró la cara y me obligo a mirarla a los ojos.- ¡Vos y tus cuentitos de mierda! ¡Agarrame de los pelos y rompeme el culo! ¡Violame! ¡Así voy a saber si tenés algo de hombre o sos un parásito de verdad!- su voz comenzó a mezclarse con su saliva y apenas podía entenderla. Se desplomó y apoyó su cara en mi pecho.- Pero por favor, no te quedes callado.

La abracé, jugué con su pelo y le susurré que todo iba a estar mejor. Se calmó y vi sus ojos irritados, el iris verde y las estrías escarlatas. Su cara también estaba colorada. Algunos cabellos se le habían metido en la boca y con la muñeca se limpiaba los mocos transparentes.

Nos dormimos uno en brazos del otro y me decidí a arreglar las cosas con una conversación seria a la mañana siguiente. Si ella me había salvado, ahora yo tenía que salvar nuestro matrimonio y salvarla a ella también. Porque la amaba y la amo y porque todo había sido mi culpa.

Llegó del instituto y le pedí que me dijese lo que pensaba.

- A veces creo que estás enfermo. Te amo. Amo la vida que construimos juntos. Te amo desde que te salvé esa noche hace años. Pero lo que no puedo entender es que te dediques a escribir antes que a vivir.- Su rostro emanaba una sensación de tranquilidad, no sólo hablaba sin ira, sino que no había ira u odio dentro de ella. Como algo frágil y puro que sabe que puede romperse.- Y no hablo de tu relación con los demás, sino conmigo. Entiendo que te pueda molestar ir a una reunión multitudinaria o algo así. Pero ahora me estás dejando de lado a mí.

Cerré los ojos y comencé a respirar pausadamente, me sentía triste y sentí incontrolables los músculos de la cara. Quería que me abrazase y me preguntase que me pasaba, quería pedirle perdón abrazado a sus piernas, pero sentía que no era eso lo que tenía que hacer.

- Tenés razón, Ana, tenés razón.- Me aferré al apoyabrazos de la silla.- Quiero que nos vayamos de vacaciones. Pero ahora. Pedí días libres en el colegio.

Nos fuimos a las montañas unos días. El viaje me cambió un poco y finalmente logré modificar mi personalidad sin que afectase a mi escritura. Y esa fue nuestra primera crisis, la más pura, la más fuerte y la más verdadera.

Mariano imprimió las dos historias que consideraba como sus mejores cuentos, y las entregó a Ana, a quien Armantia no le había dicho nada sobre Mariano.

- ¿Esto qué es?- preguntó ella.

- Su marido me dijo que se las haga llegar por usted.- le dijo, algo sorprendido. Erróneamente creyó en problemas matrimoniales.- Quería saber si también podía firmarme este libro.- Debajo de las hojas de sus cuentos tenía uno de los libros de Armantia.

Ana sonrió, sonó el timbre que anunciaba el fin del día escolar y en pocos segundos el aula quedó completamente vacía. Ana dobló por la mitad los cuentos de Mariano y los metió, junto con el libro, en su cartera.

Entró a la casa con una sonrisa y observó a su marido cocinando. El clima estaba estático, una brisa acompañaba la luz radiante del sol y las nubes parecían redondeles de pintura blanca sobre una tela celeste.

- ¿Sabés qué?- dijo Ana, arrimándose a su marido- un alumno, Mariano Gris, me dio unos cuentos. Me dijo que le habías dicho que ibas a leerlos.

Armantia se dio vuelta y miró a su mujer, pero no pudo sostenerle la mirada mucho tiempo. Agachó la cabeza y se llevó la mano a la frente tratando de recordar quien era Mariano Gris.

- Puede ser- terminó diciendo a la vez que subía la cabeza de nuevo- puede ser…

- No sonás muy convencido, pero bueno, podés leerlos te lo haya dicho o no, ¿no? También quiere un autógrafo tuyo.

Armantia evitó seguir hablando del tema y decoró los platos con la comida que había preparado.

Comieron en la mesa de la cocina. Armantia trató de evitar hablar de Mariano durante toda la comida. Le preguntó a su mujer como había ido el día, si aprobaron muchos o pocos y cuántas tazas de café tomó durante el recreo. Cuando terminaron, él levanto los platos, los vasos y el mantel plastificado. Arrojó las migas al piso y barrió todo el suelo, juntó la mugre con una pala y la tiró a la basura. Escuchó como su mujer prendía un cigarrillo y buscó un cenicero que lavó antes de dárselo. Lavó, a mano, los platos, los cubiertos y los demás artilugios que utilizó para cocinar. Ana se levantó y buscó su cartera.

- Acá te dejo los cuentos del chico, y el libro para que le firmes. Me voy a dormir un rato.

Armantia se secó el sudor de la frente y agradeció que su esposa no preguntara nada. En el baño se lavó las manos para eliminar el olor del líquido lavavajillas, de los dientes de ajo y del trapo que había usado para amontonar las migas y papeles que había sobre la mesada de la cocina. Cuando terminó fue al living y bebió una medida de whisky. En la habitación Ana ya dormía y él se desnudo y se acostó junto a ella y la miró y le acomodó el pelo hasta que también sintió ganas de dormirse.

Veinte minutos más tarde tuvo que despertarse debido a la constante molestia que era que la luz se filtrase a través de la persiana. Se levantó y la cerró completamente, pero el chasquido de los bloques de plástico al amontonarse hizo que Ana perdiese el sueño:

- ¿Qué pasa?- dijo sin abrir los ojos y con la voz algo apagada.

- Para hacer el amor- dijo Armantia metiéndose de nuevo en la cama, abrazando a su mujer y poniéndola sobre él- ¿vamos a tener que esperar hasta la noche?

Media hora después, Ana comenzaba a dormir de nuevo y Armantia salió desnudo de la habitación, cerró bien la puerta y se dispuso a leer, sentado en su sillón favorito de lectura, los cuentos de Mariano Gris. Una vez terminada esa tarea, agarró el ejemplar de su libro, escribió una dedicatoria en la primera página y lo firmó.

De la cena se encargó Ana, y comieron apaciblemente en el comedor grande de la casa. Los platos los lavó el lavavajillas. Armantia quiso pasar un tiempo más con su mujer en el living y ella se sentó mientras su marido le servía una copa Tía María. Los dos bebieron lentamente el contenido y una vez que fueron a la habitación Armantia se detuvo para buscar entre sus cosas el archivador que contenía los trabajos escritos tanto por los alumnos en el taller del instituto como por los presos en el taller de la prisión.

Después de hacer el amor, Armantia le pidió a Ana que leyese lo que escribió el presidiario Guillermo Gris.

- Es horrible.- Ana estaba a punto de llorar, había hecho un bollo de papel con el cuento- Este hombre odia a su hijo.

La luz estaba prendida y Armantia tenía la espalda contra el respaldo de la cama. Ana estaba sentada, con las rodillas juntas y a la altura del pecho. Su marido la veía fumar y la acariciaba la espalda tratando de apaciguar su desesperación o el estado que le había provocado la lectura del cuento de Guillermo Gris.

- La editorial lo va a publicar- dijo Armantia. No miró a Ana pero no pudo dejar de notar como los ojos abrillantados por lágrimas no-natas de su mujer lo miraban a él.-, ese y uno de los que escribió el hijo. Les había propuesto hacer un libro, y aceptaron. Con los cuentos de los estudiantes y con los cuentos de los presos.

- No- Ana dio una calada y exhalo un mar de humo- no puede ser. Mariano lo va a leer. No podés dejar que se publique.

- Ana- Armantia tragó saliva- es un cuento, nada más.

- ¡No! Es un manifiesto o algo así. Es como ir y decirle al chico: “Tu papá te odia.” No podés hacerlo. No es un cuento, es una declaración, es la verdad. En tu vida podés hacer lo que quieras, pero ese chico no es vos. No es tu vida, amor, no es tu vida.

No es tu vida. Las palabras retumbaron en la cabeza de Armantia mientras trataba de dormirse. Su mujer se había calmado y él le dijo que no tenía que sufrir así sólo porque Mariano fuese alumno suyo.

Empezó un nuevo año escolar. Hoy Ana estuvo poniendo la nota de final de trimestre a sus alumnos. Mariano Gris estudia en la universidad. Fue su cumpleaños el fin de semana pasado.

Manejé hasta su casa y recordé la última conversación que tuve sobre él con Ana.

- Por lo menos- me dijo- hasta que tenga 18. Dale el cuento de su papá cuando sea mayor de edad.

- Hasta que tenga 18.- repetí.

En el medio del camino quise comprarle algo de verdad, pero todos los negocios estaban cerrados al ser domingo.

Llegué a su casa y su madre abrió la puerta.

- Está adentro,- me dijo. No me reconoció y le dije que Mariano había sido alumno de mi mujer- pase.

No tenía el cuento de su padre, sino que tenía el libro “Voces en las aulas. Voces en las rejas. Relatos desde las aulas y desde la cárcel.”, el primer ejemplar que salía de la editorial, estaría en las librerías una semana después. Toqué la puerta y me dijo que pase.

- Felicidades- le dije.

Le entregué el libro y me preguntó qué era. No respondí y esperé a que fuese al índice. Encontró su nombre y algunos renglones más abajo, el de su padre. Su rostro no sufrió ningún cambio.

- Bueno, me tengo que ir. Suerte.

Apoyé mi mano en su hombro y después salí de la habitación. Saludé a su madre y salí.

Después me metí en el auto, y fui a casa.




© 2006, Carlos Horacio Armagnague